Me resulta cada vez más claro que la subjetividad humana no puede comprenderse al margen de los contextos culturales e históricos en los que se produce. El texto Interculturalidad: Vivir la diversidad de Josef Estermann (2010) ofrece una reflexión lúcida y crítica sobre la manera en que la diversidad cultural ha sido interpretada, negada o instrumentalizada en el pensamiento occidental moderno, y propone la interculturalidad como paradigma alternativo, ético y político. Este ensayo se propone examinar las principales ideas del libro, vinculándolas con los desafíos actuales de la psicología en contextos pluriculturales, especialmente en América Latina.
Estermann parte de una premisa fundamental: la diversidad cultural ha sido históricamente vista como un problema más que como una riqueza. Desde la conquista de América hasta las actuales políticas de integración forzada, los discursos hegemónicos han tendido a negar, asimilar o folklorizar las diferencias culturales. Esto se traduce en lo que él llama estrategias como la negación, imposición, incorporación, yuxtaposición y, solo finalmente, el enriquecimiento como formas de relacionarse con la diversidad.
Desde la psicología, esta reflexión interpela fuertemente nuestra práctica. ¿Cómo abordamos las diferencias culturales en el trabajo clínico o comunitario? ¿Reconocemos la pluralidad de modos de ser, sentir y sanar? Muchas veces, nuestras intervenciones —incluso con buena intención— se inscriben en una lógica monocultural, donde lo normal o saludable está definido según parámetros occidentales, urbanos y de clase media.
Una de las contribuciones más potentes del libro es la distinción entre “cultura” y “culturalidad”. Estermann propone una comprensión no esencialista, elitista ni etnocéntrica de la cultura. En lugar de definirla desde arriba —como un conjunto cerrado de obras o símbolos—, la entiende como aquello que configura la vida cotidiana: la alimentación, el lenguaje, los ritos, las formas de relación. Es decir, cultura es lo que entra y sale de la boca.
Para la psicología, esto tiene implicancias fundamentales. No podemos estudiar la subjetividad como si fuera una esencia universal. Cada sujeto se construye dentro de un “hogar cultural” que le da sentido al mundo, al cuerpo, al dolor, al deseo. Las expresiones clínicas —como la ansiedad, el duelo o incluso la locura— no significan lo mismo en todas las culturas. El lenguaje del sufrimiento es culturalmente codificado, y no reconocerlo puede llevar a diagnósticos erróneos o prácticas de intervención colonialistas.
Estermann distingue varios modelos de relación entre culturas: monoculturalidad, multiculturalidad, superculturalidad, supraculturalidad, transculturalidad, etnocentrismo, intraculturalidad e interculturalidad. De todos ellos, la interculturalidad es el único que implica un verdadero encuentro horizontal y transformador entre culturas.
En psicología, esta distinción es útil para pensar los modelos de atención y de investigación. Por ejemplo, muchos enfoques multiculturales se limitan a incorporar “aspectos culturales” de manera decorativa o puntual, sin cuestionar las estructuras de poder que jerarquizan los saberes. En cambio, un enfoque intercultural crítico, como el que propone Estermann, implica reconocer las asimetrías históricas, abrirse al diálogo epistemológico y validar los saberes y prácticas de los pueblos originarios, afrodescendientes, campesinos, etc.
Asimismo, el autor plantea tres niveles de la interculturalidad: personal, grupal y civilizatorio. Esto permite entender que el cambio intercultural no solo ocurre en el plano de las ideas, sino en la transformación de prácticas concretas, relaciones sociales y estructuras institucionales. En psicología, esta idea puede guiar nuestras intervenciones tanto en lo individual (por ejemplo, en el trabajo clínico) como en lo colectivo (educación, salud, política pública).
Principios de la interculturalidad: ética y transformación
Estermann no concibe la interculturalidad como una técnica, sino como una actitud ética. Entre los principios que propone destacan:
1. La hermenéutica de sospecha: consiste en cuestionar los discursos que se presentan como universales, preguntando siempre desde qué cultura o posición se enuncian. Para la psicología, esto implica sospechar de nuestras propias teorías y métodos. ¿Qué presupuestos culturales hay detrás del psicoanálisis, la terapia cognitivo-conductual, o los instrumentos psicométricos?
2. Tomar conciencia de la propia culturalidad: reconocer que todos estamos situados culturalmente, que no hay punto de vista neutro. Esta conciencia es clave en la relación terapeuta-consultante, donde muchas veces se juega una desigualdad cultural que no se nombra, pero que condiciona la intervención.
3. Sensibilidad a las asimetrías: la interculturalidad no se da entre iguales, sino entre culturas situadas en relaciones históricas de poder. Este principio exige una postura activa de reparación, redistribución y reconocimiento. En la práctica psicológica, esto puede traducirse en enfoques que no solo acompañan el sufrimiento, sino que lo contextualizan socialmente y lo politizan.
4. Dejarse interpelar por el otro: la interculturalidad no es una tolerancia pasiva, sino una apertura real al cuestionamiento del otro. Este punto recuerda la idea de “hospitalidad” de Levinas: acoger al otro en su diferencia radical.
Interculturalidad crítica y descolonización
Un aporte clave del texto es su distinción entre modelos superficiales de interculturalidad (multiculturalismo liberal, estética culturalista) y una interculturalidad crítica y descolonizadora. Esta última reconoce que el colonialismo no fue solo territorial o económico, sino también epistémico: impuso una visión del mundo, una forma de conocimiento y una jerarquía entre culturas. La descolonización, entonces, es también una tarea de la psicología.
Como estudiante, esto me hace reflexionar sobre el currículum que estudiamos. ¿Dónde están las psicologías comunitarias, las sabidurías ancestrales, los modos no occidentales de pensar el alma, el cuerpo, el trauma? ¿Cómo se legitiman los saberes? ¿Quién puede hablar, quién es escuchado? La interculturalidad crítica exige transformar no solo nuestras prácticas, sino también nuestras instituciones y nuestras formas de enseñar.
Implicancias para la psicología
A la luz de este libro, podemos pensar en varios ejes transformadores para una psicología comprometida con la interculturalidad:
• Currículo plural: incluir autores, prácticas y saberes de distintos pueblos y tradiciones. No como anexos o “color local”, sino como saberes válidos en diálogo.
• Métodos interculturales: desarrollar herramientas que no impongan una lógica externa. Esto implica co-construir con las comunidades, respetar sus tiempos, lenguas y ritmos.
• Ética de la escucha: estar dispuestos a cambiar nuestras propias categorías, a aceptar la incertidumbre, a permitir que el otro nos transforme.
• Prácticas de descolonización subjetiva: reconocer cómo el colonialismo habita en nuestras formas de sentir, hablar y pensar. Trabajar el racismo interiorizado, el clasismo, el eurocentrismo como componentes del malestar psíquico.
Interculturalidad: Vivir la diversidad no es solo un libro de teoría cultural. Es un llamado ético y político a replantear nuestras formas de ver el mundo y de relacionarnos con los otros. Para la psicología, representa una oportunidad urgente y necesaria de transformación. En un mundo profundamente desigual, donde la diversidad es muchas veces fuente de conflicto más que de encuentro, la propuesta de Estermann nos recuerda que la diferencia no es una amenaza, sino una riqueza. Pero para que esta riqueza se realice, es necesario asumir una actitud de humildad epistémica, sensibilidad política y apertura al diálogo. Solo así podremos construir una psicología realmente humana, plural y comprometida con la justicia.
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