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Una mirada desde la psicología a Una epistemología

 La obra plantea un desafío radical a los fundamentos del conocimiento moderno, particularmente al conocimiento científico tradicional que predomina en muchas disciplinas, incluida la psicología. Santos propone una ruptura con la epistemología eurocéntrica y una apertura a otras formas de saber que han sido históricamente deslegitimadas. Este ensayo busca explorar las implicancias de sus ideas para la psicología como disciplina científica, social y política, con énfasis en la relación entre conocimiento, poder y emancipación.


Uno de los ejes centrales del libro es la crítica al “monocultivo del saber”, concepto con el que Santos se refiere a la hegemonía del conocimiento científico moderno occidental como única forma válida de conocer. Esta hegemonía ha producido una “ecología de ignorancias”, invisibilizando otros saberes, especialmente los provenientes del sur global, las comunidades indígenas, campesinas, afrodescendientes y otras formas de subjetividad no modernas.


Desde la psicología, esta crítica interpela directamente nuestras bases epistemológicas. Gran parte de la psicología académica y clínica se construye desde paradigmas positivistas o neopositivistas, bajo los cuales el conocimiento válido es aquel que puede ser verificado empíricamente y replicado experimentalmente. Esta orientación, aunque ha aportado rigurosidad y avances importantes, también ha marginado otras formas de comprender al ser humano, por ejemplo, aquellas provenientes de cosmovisiones indígenas o enfoques comunitarios no normativos.


Frente al monocultivo, Santos propone la “ecología de saberes”, una metáfora que invita a reconocer la coexistencia y la complementariedad de distintos conocimientos. Esta propuesta no niega el valor del saber científico, pero sí lo descentra como única fuente legítima de verdad. Para la psicología, esto implica una apertura a lo que podríamos llamar una “psicología situada”, capaz de dialogar con saberes locales, populares, espirituales o comunitarios, y reconocer su valor no solo como objeto de estudio, sino como epistemología en sí misma.


En mi experiencia como estudiante, he notado cómo los planes de estudio muchas veces excluyen saberes latinoamericanos o enfoques críticos, reproduciendo una formación basada en autores europeos o estadounidenses. La epistemología del sur invita a cuestionar esta exclusión y asumir una posición ética frente al conocimiento: ¿quién puede conocer?, ¿quién decide qué es conocimiento?, ¿al servicio de quién está ese conocimiento?


Otro concepto clave del libro es la “sociología de las ausencias”, que Santos utiliza para describir cómo el pensamiento moderno no solo produce conocimientos, sino también ignorancias sistemáticas. Muchas veces, lo que no se estudia, lo que no se teoriza, lo que no se considera objeto válido de investigación, es tan significativo como lo que sí se incluye.


En psicología, esto se manifiesta, por ejemplo, en la patologización de prácticas culturales no occidentales o en la falta de investigaciones sobre salud mental en contextos de pobreza estructural. Temas como el racismo, la violencia colonial o las prácticas de sanación ancestral rara vez se abordan como campos legítimos de conocimiento psicológico, lo cual reproduce silenciamientos que Santos denuncia como parte de una violencia epistémica.


Desde una perspectiva clínica, esta sociología de las ausencias se relaciona con lo que no se dice en el consultorio, lo que no se puede nombrar porque no existe un lenguaje hegemónico para ello. Las categorías diagnósticas del DSM, por ejemplo, pueden ser útiles en ciertos contextos, pero también pueden borrar la experiencia subjetiva si no se contextualizan cultural y socialmente.


Uno de los aportes más inspiradores de Una epistemología del sur es la conexión entre conocimiento y emancipación social. Para Santos, conocer no es simplemente describir el mundo, sino transformarlo. En este sentido, el conocimiento debe estar al servicio de la justicia social y de las luchas contra las múltiples formas de opresión: colonialismo, racismo, sexismo, capitalismo, entre otras.


Esta visión resuena profundamente con una psicología crítica y comprometida, que no se limita a estudiar la conducta individual o los procesos cognitivos, sino que se implica activamente en la transformación de las condiciones de vida de las personas. En mi formación, he encontrado en el trabajo comunitario una vía para encarnar esta relación entre conocimiento y acción emancipadora. El enfoque participativo, el trabajo con organizaciones barriales o con víctimas de violencia institucional, son formas de construir saberes con, y no sobre, los otros.


Santos también nos llama a repensar las metodologías de investigación. Si asumimos la ecología de saberes, no basta con usar métodos tradicionales para estudiar nuevos objetos; debemos también transformar nuestras formas de investigar. Esto implica reconocer que el investigador no es neutral, que todo conocimiento está situado, y que muchas veces los métodos reproducen relaciones de poder colonial.


Desde la psicología, esto supone cuestionar la centralidad del laboratorio como espacio ideal de producción de conocimiento, e incorporar metodologías cualitativas, participativas, etnográficas, narrativas, entre otras. La escucha activa, la co-investigación con comunidades, la devolución de resultados en formatos comprensibles, son prácticas coherentes con esta nueva ética del conocer.


Aunque Santos no se centra específicamente en la psicología, su obra ofrece herramientas para pensar la subjetividad como un campo atravesado por el poder. La subjetividad no es un fenómeno privado o aislado, sino una construcción social, histórica y política. Las formas en que sentimos, pensamos, deseamos o enfermamos están marcadas por las condiciones materiales y simbólicas de existencia.


En este sentido, la epistemología del sur nos permite cuestionar la psicología que despolitiza la subjetividad. Por ejemplo, cuando se abordan los trastornos de ansiedad sin considerar la precariedad económica, el racismo estructural o el patriarcado, se corre el riesgo de individualizar el sufrimiento y ocultar sus raíces sociales. Una psicología inspirada en el sur buscaría, por el contrario, visibilizar esas conexiones y contribuir a procesos de resistencia subjetiva.

Leer a Boaventura de Sousa Santos desde la psicología es una invitación a la humildad epistemológica. No se trata de abandonar la ciencia, sino de reconocer sus límites y aprender a convivir con otros saberes. Es también una invitación a comprometerse con una psicología que no sea cómplice del poder, sino aliada de los procesos de emancipación.


En contextos como América Latina, marcados por profundas desigualdades y memorias coloniales, esta reflexión es urgente. La psicología tiene mucho que aportar, pero también mucho que aprender. Como estudiantes, tenemos la responsabilidad de cuestionar nuestras formaciones, ampliar nuestras lecturas y dialogar con las voces silenciadas por la historia.


Tal vez el mayor aporte de Una epistemología del sur sea recordarnos que conocer es también un acto ético y político. Que todo saber implica una posición en el mundo. Y que la verdadera transformación no vendrá de repetir lo ya sabido, sino de abrirnos a lo que ha sido excluido, negado, invisibilizado. Solo así, como sugiere Santos, podremos reinventar el conocimiento, y con él, nuestras prácticas y nuestras esperanzas.

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